Leonel la botó

Kilvin Toribio

Por Carlos Julio Féliz

leonel-la-boto.jpgLas cuatro provincias del denominado lejano Suroeste: Barahona, Bahoruco, Independencia y Pedernales (esta última mi patria chica) tienen ya su moderna universidad.

¡Y qué universidad! Yo estaba en sexto de básica cuando escuchaba a mi primo Orfelo López Féliz, matrícula 71-2618, hablar del CU. Así se le decía al primer nivel de la universidad estatal. En el caso de Barahona, el Centro Universitario Regional Suroeste (CURSO). Orfelo, uno de los miles de egresados, se hizo contador.

Nunca ha vivido fuera de Barahona.

El CURSO es el primer centro regional de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Fue creado el 26 de febrero de 1970.

Desde entonces venía funcionando en tres o cuatro lugares: En el local de la vieja Aduana; en el Liceo, cerca de los barracones, y en el edificio 2 del barrio Enriquillo, en las afueras de la ciudad. Todos estos lugares a varios a kilómetros de distancia.

Pertenezco al grupo de los primeros profesores de periodismo de ese centro y me consta que teníamos asignaciones distribuidas en varios puntos de la ciudad, en aulas inapropiadas.

Ya mis colegas y estudiantes no asistirán a una universidad dispersa, después de recorrer más de cien kilómetros, como es el caso de Pedernales y Jimaní. Y 200 kilómetros en el caso de los maestros que viajábamos o viajan desde la sede, en la capital.

Se terminó esa odisea, también la deficiencia física y la incomodidad. Soy testigo de un gran acontecimiento, el pasado jueves 8, que me enorgulleció como suroestano.

Asistí a la inauguración de las nuevas instalaciones del CURSO, acto que encabezó el presidente de la República, Leonel Fernández Reina.

Confieso que en mi vida había visto jamás bajo techo, en mi región, tantas personas sentadas en una plazoleta techada. Calculo que alrededor de cuatro mil.

No tengo dudas de que estamos frente a la obra más trascendental que se ha realizado en toda la región Enriquillo. Sin restar méritos al canal Nizaíto, construido en el Gobierno de Balaguer, ni a la Presa de Monte Grande, que construirá el Gobierno que encabeza Leonel.

En este caso estamos hablando de educación.

Miren lo que tiene el centro. 72 aulas, distribuidas, en seis bloques de 12 aulas cada uno, en tres niveles. Dos aulas virtuales, con tecnología de video conferencias, dos salones de conferencias climatizados, dos aulas para maestría y post grados, 12 laboratorios de ciencias e informática, totalmente equipados.

Una biblioteca de mil 400 metros cuadrados y un almacén para libros de 300 metros cuadrados. Dos salas de lectura y ocho cubículos equipados con capacidad para 350 personas, sala de internet para 40 terminales y un auditorio con capacidad para 350 personas.

Tiene canchas deportivas, parqueos para 251 vehículos, cafetería, economato, comedor económico, dos modernas plantas eléctricas de 750 kilovatios, cada una.

Y observen esto, seis mil estudiantes por tanta, podrán moverse en un área de 18 mil metros cuadrados de construcción, en los 92 mil metros cuadrados de superficie, en un ambiente con vista a la hermosa Bahía, la cual regala a la moderna edificación la frescura de sus vientos alisios.

Escuché a un egresado que participaba de los actos decir: “Ofrézcome cualquiera vuelve a estudiar”.

Tanto el director general de la Oficina de Ingenieros Supervisores de Obras del Estado, Luís Sifres Núñez, como el rector magnífico de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Mateo Aquino Febrillet, como el propio presidente Leonel Fernández, resaltaron, con razón, que esto traerá progreso, bienestar y esplendor al desarrollo social.

Quizás por todo esto a Leonel y a doña Margarita, su esposa, se le vio disfrutar a plenitud de los rítmicos merengues de nuestra Milly Quezada.

Y cuando se creía que el acto terminaba, el mandatario sorprendió.

Habló de María Montés, de Casandra Damirón, de Polibio Díaz. Comentó las vivencias de su abuelo materno, Manuel Reina, cuando –según dijo- era chofer de carro público que trasladaba a estudiantes a la capital, dentro de estos quien fuera su maestro de derecho, el destacado abogado barahonero, Jotín Cury, fallecido recientemente.

El mandatario arrancó aplausos cuando propuso que el centro universitario llevara el nombre de este prestigioso jurista.

Como suroestano, agrego que esta obra nos eleva el autoestima a los habitantes o nativos de esta empobrecida región.

Tras bendecir la obra, el vicario general de la Diócesis de Barahona, Juan Francisco Féliz, contó que al entrar a las instalaciones escuchó a varias personas, dentro de quienes se incluía él, decir “Leonel la botó”.




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