La delicia de Sabina

Santiago- Aquí Sabina no se “cabreó” por el exceso de flashes ni se quejó a su modo por el calorazo en el Palacio de los Deportes de Santo Domingo. En la Arena del  Cibao el concierto fue una delicia, una cita rockera, con aires flamencos y rancheros que desarropó divinamente el pudor. Con Sabina en Santiago no podía faltar la broma, la farra, como dicen en España, la parranda y chercha como decimos aquí. Eso sí, la gente le cantó, le coreó, le voceó sin faltarle el respeto a quien atrevidamente soltó palabrotas que probablemente sonrojaron a par de almas “moralistas”.

El compositor, delgado, sin faltarle el bombín y una orquesta de amigos músicos que bailan, tocan y cantan de todo, se movió de un costado a otro apegado al guión de un concierto que alternó clásicos de su carrera iniciada en la adolescencia por el impulso de los versos, la contra al franquismo y sus sueños de paz y libertad.

Con “Tiramisú de limón” comenzó a aflorar la rabia bendita por ver cantar a Joaquín Sabina. Los sabinólogos del Cibao tuvieron refuerzos. Desde Santo Domingo llegaron vehículos grandes y livianos con gente amante de sus versos, de sus odas a la noche, a la paz, a la libertad de un beso y hasta las “damas de noche, aves de paso” a quien le recita con igual o mayor intensidad.

Con muchísimo mejor confort y acústica, en la Arena del Cibao, Sabina declamó un verso para dejar claro el honor que era cantar en Santiago, ciudad por donde pasó, rumbo a Puerto Plata, hace dos décadas. Producciones Sonar fue responsable de que el artista aterrizara en el Cibao. En organización, respeto, seguridad y puntualidad, brilló el recital.

A “Medias negras”, aquella canción en honor a la usurpadora que aparte de robarle la cartera y el ordenador, le timó el corazón (cantada en salsa por Willy Chirino),  le siguió “Llueve sobre mojado” (1998), “Y morirme contigo si te matas”, “Y sin embargo”, entre otras.

Con el coro reverente del público, en la última recalcó “Y me envenenan los besos que voy dando, y, sin embargo, cuando, duermo sin ti contigo sueño,  y con todas si duermes a mi lado. Y si te vas me voy por los tejados, como un gato sin dueño
perdido en el pañuelo de amargura, que empaña sin mancharla tu hermosura”.

Como todo humano, Sabina se habrá caído, guayado las rodillas, llorado, talvez, muchas veces. Pero, también debería tocarse el pecho, pues a pesar de los registros nada halagueños, la vida le ha sonreído con las palmas de la fidelidad de tanta gente en tantos sitios disparejos. El amor por Sabina en Santiago emergió de los poros y gargantas de gente jovencísima que le cantaba con desesperación, de damas profesionales como Belkys de Mcdougal que le abrió los brazos muchas veces; de hombres como Miguel de Jesús que nunca le despegó la vista.

El flaco que antes era “un cantante de protesta” y ahora “soy de próstata”, dejó claro que el matrimonio es bueno entre dos, pero no al momento de componer porque “las canciones se alimentan de desesperaciones, de límites, son volcánicas”. Si, volvió a decir que las musas “son putas”.

Sin perder el rumbo al sorbito de vino blanco, cuya copa ubicó al centro de la escena, el cantautor (a quien vinieron a ver a Santiago, José Antonio Rodríguez, Rafa Rosario, Roberto Cavada, Yolanda Martínez), interpretó “Praga” sazonadita con acordeón.

No faltó “Noche de bodas” –sin su amiga Chavela Vargas- donde recomendó “que el maquillaje no apague tu risa, que el equipaje no lastre tus alas, que el fin del mundo te pille bailando, que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena”.

Y si, tampoco dejó (porque no podía atreverse a cometer semejante desplante) “19 días y 500 noches”. Recordó las andanzas por el famoso “Bulevar de los sueños rotos” e interpretó las más recientes, entre éstas, “Vinagre y rosas” que da título a la producción y última gira internacional.

Un valor admirado por el público fue el trabajo de excelentes, divertidos y exquisitos ejecutantes, integrantes de la banda formidable que tiene cuerpo en Jaime Azúa, Pancho Varona,  Antonio García de Diego y Mara Barros, la corista que se luce sola y a dúo con Joaquín. Quise escuchar “Cien mentiras”, aquel tema que engloba tantas historias en una sola canción.

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