• 10 agosto, 2020

Crueles asesinatos de niños discapacitados

manuel voquez
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Manuel Volquez

Manuel Vólquez

Muchos niños sufren actos de violencia extrema de parte de los padres, tutores, cuidadores y otras personas. Algunos incluso han sido muertos por sus propios padres, sobre todo en los casos de los que padecen discapacidad mental o física.

Los infanticidios ocurren en cualquier parte del mundo y no distinguen nacionalidad, raza o color de las víctimas y victimarios. Es como si se tratara de una patología infernal de nunca acabar o un arrebato de locura incontrolable. Son hechos que preocupan.

Numerosos niños autistas han sido eliminados de forma brutal. Hay padres que los matan cuando creen que los hijos con condiciones especiales constituyen un obstáculo, una severa carga, para su persona. En el mayor de los casos, actúan por consejos de amigos o para no ver sufrir a sus hijos. Al menos, es lo que argumentan. ¿Para que los traen a este mundo? Es mejor no tenerlos.

Esa práctica es antigua, pero no se justifica. Si revisamos las páginas de la historia, veremos que esas eventualidades son frecuentes. Recordemos las atrocidades de Adolfo Hitler y de otros líderes de la antigüedad. La guerra, según Hitler, «era el mejor momento para eliminar a los enfermos incurables». Muchos alemanes no querían recordar que había individuos que no cuadraban con su concepto de una «raza superior».

Las personas con discapacidades eran vistas como «inútiles» para la sociedad, una amenaza para la pureza genética aria y, en última instancia, no merecían la vida. Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, aquellos que sufrían retrasos mentales o discapacidades físicas eran perseguidos para asesinarlas en el marco de lo que los nazis llamaban programa «T-4» o de «eutanasia».

El programa de «eutanasia» requería la cooperación de muchos médicos alemanes que revisaban los expedientes médicos de los pacientes de instituciones para determinar qué personas con esas condiciones mentales debían ser asesinadas. Los médicos también supervisaban los crímenes reales.

Los pacientes condenados eran transferidos a seis instituciones de Alemania y Austria, donde eran asesinados en cámaras de gas construidas especialmente para ese fin. Los bebés y los niños pequeños que tenían discapacidades también eran asesinados mediante una dosis letal de drogas o por inanición. Los cuerpos de las víctimas eran quemados en grandes hornos a los que se llamaba crematorios.

El programa T-4 se convirtió en el modelo para el asesinato en masa de judíos, romaníes (gitanos) y otros en campos equipados con cámaras de gas que los Nazis abrirían en 1941 y 1942. También sirvió como capacitación para los miembros de las SS que se hacían cargo de estos campos. (ver Enciclopedia del Holocausto).

Uno de cada cuatro niños con discapacidad sufre alguna forma de violencia física o sexual, revela la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y los más vulnerables a este tipo de abuso son aquellos que tienen alguna enfermedad mental.

Los científicos sospechaban que los niños discapacitados están en mayor riesgo de ser víctimas de la violencia en el mundo. Es decir, tienen cuatro veces más riesgo que aquellos sin discapacidad, de sufrir alguna forma de violencia.

Así lo refleja una investigación publicada en la revista The Lancet, dirigida por el profesor Mark Bellis, director del Centro para la Salud Pública de la Universidad John Moores en Liverpool, Inglaterra.

Los resultados mostraron que 26,7% de los infantes con discapacidad han sido expuestos a algún tipo de maltrato, como la física, sexual, abuso emocional y abandono. Se observó, por ejemplo, que 20,4% de los niños discapacitados han sido víctimas de violencia física y 14,7% víctimas de violencia sexual.

Y el riesgo es mayor aún entre los padecen alguna enfermedad mental o discapacidad intelectual: ellos tienen 4,6 veces más riesgo de sufrir violencia sexual que los niños sin discapacidades, dice el informe.

Es que esta matanza sigue en ascenso y, en el peor de los casos, ha sido reeditada en la vida moderna por hombres y mujeres despiadados que se convierten en homicidas en cadena en circunstancias que los investigadores de la conducta, entre estos psicólogos y psiquiatras, definen como locura momentánea.

Los hechos están ahí. Y son escalofriantes. Citemos algunos:

En el 2018, la dominicana Ana Julia Quezada, confesó ante un juez en España la muerte del niño español Gabriel Cruz, su hijastro de 9 años de edad, golpeándolo con la parte roma de un hacha y que luego lo asfixió. Después se unió a la familia en la búsqueda de éste que ella declaró como desaparecido.

En Miami, otra criolla, identificada como Patricia Ripley, admitió haber ahogado a su hijo autista, Alejandro Ripley, en un canal de agua, cerca de un campo de golf, por lo que enfrenta la pena de muerte, según la ley capital vigente en el estado de la Florida.

El 15 de agosto de 2011, una trabajadora fue condenada a 45 años de cárcel luego de admitir el asesinato de tres niños de 3, 9 y 14 años que padecían discapacidad física y psíquica y que se encontraban dormidos en sus respectivas camas y cunas. El hecho ocurrió en Valladolid, España. Los tres murieron asfixiados con bolsas de plástico en sus cabezas. !Horror!

EL 26 de julio 2017, en Rumanía, las autoridades judiciales dieron la alarma al recibir denuncias de la muerte de 771 niños discapacitados. Fueron recluidos en centros con pésimas condiciones donde sufrieron maltratos continuos, medicaciones forzadas, baños helados y camisas de fuerza.

Miles de menores rumanos con discapacidad -tutelados por el Estado durante la época comunista sufrieron este horror cotidiano. La denuncia fue dirigida contra un centenar de personas, desde directores y enfermeros hasta responsables políticos que permitieron esa situación entre 1966 y 1989.

El régimen comunista, dividía a los menores tutelados con enfermedades en tres categorías: “recuperables, parcialmente recuperables e irrecuperables”. Estos últimos eran aquellos con mayor grado de discapacitados y los enfermos crónicos. A los jóvenes de las dos primeras categorías se les aseguraba comida, ropa y calefacción; los de la última, por el contrario, fueron “víctimas de un genocidio”. (Fuente ABC Internacional).

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