Cuentos Sociales

“Por La Vía del Sueño”

De Marcos Sánchez

En 1985 contaba con trece años y a esa edad las actividades deportivas eran una de las opciones que los padres -tanto de varones como de hembras- buscaban incluir en sus respectivos momentos de ocio.

En mi caso se presentaron tres disciplinas que siéndoles franco, me atraían bastante: béisbol, atletismo y boxeo.

La primera en mención se vio eclipsada debido a los famosos ‘caritismos’ que desgraciadamente permeaban en la liga que me había inscrito. La segunda me animó sobremanera cuando se presentó un programa nacional con miras a buscar talentos para desarrollarlos profesionalmente, pero sólo se celebró a nivel escolar…

La última en mención no era de mi agrado total ya que eso de agredirse físicamente no me parecía atractivo.

De todas formas el boxeo juvenil ganaba cada vez más terreno y mi barrio no era la excepción. Apoyaba la mayoría de los ‘púgiles’ barriales que insistían en llegar hasta el final.

Como se trataba de algo por debajo del nivel amateur, la improvisación era una constante y sólo unos pocos afortunados gozaban de poseer guantes y pantalones originales de la marca Everlast.

Otros, tenían que conformarse con llevar pantalones de salir o jeans sacrificados al cortarles unas pulgadas de la rodilla hacia arriba.

Para nadie es un misterio que la fuerza de un boxeador está concentrada entre otras cosas, en su precisión al conectar un buen golpe y anexo a eso, unas sólidas muñecas.
Por supuesto es imperativo tomar en cuenta la alimentación. Para casi el 90% de mis amiguitos un pan con chocolate ‘resolvía el problema’…

-“¡Hey Chichí, Larry se incribió en la ecuela de boxeo que ‘tá en el Coliseo!”

-“¡Si, ayel ’tábamo’ hablando de eso!. ¡Yo creo que me voy a meté también!”

-“Bueno, yo seguiré probando en la pelota a vé qué pasa. Eso de cogé golpe no me llama la atención”

-“¡Je,je,je si pero uno se pone heavy dándole piña al otro!. Ademá tú sabe que hay categoría y nosotro’ que somo’ flaquito lo’ do’ no’ ponen a otro muchacho igual. O sea con el mimo peso”

-“Si, pero como quiera e’ a cogé funda que uno va”

-“Mira vamo’ a hacé algo. En la talde cuando telminemo’ la tarea, vamo al Coliseo a ve a Larry peliá y asi tú ve la’ diferente categoría”

-“OK”

Pasé medio día pensando en lo que Chichí me había dicho. En ningún momento fantasié con ‘probar suerte’ en una categoría que se ajustara a mi ultra liviano peso.
Lo que me llamaba la atención era ir a ver cómo Larry peleaba y así darle apoyo moral ya que éramos buenos amigos y de paso, ver también a Chichí boxear.

Llegado el momento, termino mis tareas y pido permiso a mis padres para ir a casa de Chichí. Concedido el mismo, nos juntamos y rápidamente nos dirijimos al Coliseo Romana.

Al llegar al lugar, lo encontramos totalmente atestado de muchachos de varias edades. Muchos ya con cuerpos definidos y un enorme grupo que lucían más famélicos que atletas. La atmósfera que se respiraba colectivamente era de un frenético entusiasmo.

Tras unos rápidos combates, Larry sube al cuadrilátero y en cuestión de par de rounds le gana fácilmente a su oponente. Es felicitado y acto seguido le dan el chance a Chichí quien a puros garrotazos, venció a su contrincante.

La adrenalina se había apoderado de mí y al ver ganar a mis amigos, me entusiasmé tomando como referencia que ninguno de ellos tenía un régimen de práctica constante, sino que probaban a uno según el peso ‘para ver si daba para eso’.

Aparece un mega delgadito retador quien al ver las similitudes entre ambos, me hace señas de que suba al ring. Consulto con Chichí y Larry y éstos aprueban la pelea ya que guardábamos similar peso y a entender de ellos, sería más que fácil derrotarlo.

Debuto con unos guantes prestados de la mencionada marca previamente, me colocan el protector bucal y facial. Lo que no sabía era que ‘el flaquito’ prácticamente vivía en el Coliseo ya que se padre era el sereno de allí…

Suena la campana y recibo el primer leñazo que me pone a calcular en dónde me encontraba o qué día de la semana era. Larry manda a detener el encuentro y entre él y Chichí, me dan par de técnicas para darme ánimos. Estaba claro que me había salido un alacrán debajo de la yagua.

Vuelve y suena la campana e intercambio par de golpes con mi contrario, pero estaba lejos de saber que me estaba dando oportunidad para aprovechar un buen momento y acabar conmigo.
En un descuido, me conecta sendos impactos en el abdomen y me abrazo de él para ganar tiempo y recuperar aire.

Al separarnos el árbitro, recibo otro sólido viaje que me lleva a las cuerdas y en ese momento decido emular aquel famoso gesto de Roberto “Manos de Piedra” Durán cuando abandonó en contra de Sugar Ray Leonard. Larry y Chichí insistieron en que era una actitud antideportiva y que terminara el round.

Cuando me decidí, el siguiente puñetazo me llevó directamente a la lona y cuando desperté, estaba en una camilla recibiendo echadas de agua provenientes de una lata de aceite Crisol.
Mareado, confundido y profundamente avergonzado, les digo a Larry y Chichí con un ensayo de gallardía:

-“No se preocupen. Habrá una revancha, pero mientra’ tanto volveré a la pelota”