• 26 septiembre, 2022

El apocalipsis está en las armas nucleares

manuel voquez

Por Manuel Vólquez

Una investigación publicada en Londres, Inglaterra, 15 de agosto de 2022, alerta a la humanidad sobre la posible desaparición del planeta Tierra en caso de que estalle una guerra nuclear en la que participen todas las naciones que ya cuentan con esa arma devastadora.

Si ese conflicto fuera solo entre Estados Unidos y Rusia, el fenómeno provocaría una hambruna global y podría matar a más de 5.000 millones de personas de los más de 7,000 millones registradas en la actualidad, según un estudio publicado hoy en la revista científica «Nature Food».

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) pronostica que la población mundial alcanzará los 8,000 millones el 15 de noviembre de 2022 y también prevé que en el 2023 India superará a China como el país más poblado del mundo. La cifra podría llegar a alrededor de 8,500 millones en el 2030 y 9,700 millones en el 2050. (Ver informe del 11 Julio 2022, Noticias ONU: Mirada global Historias humanas).

De momento, hay nueve países que han hecho pruebas satisfactorias de armas nucleares. Cinco de estos están considerados Estados nuclearmente armados, un estatus reconocido internacionalmente otorgado por el Tratado de No Proliferación Nuclear (NPT, siglas en inglés). En orden de adquisición de esos peligrosos arsenales, éstos son: la Federación Rusa (la antigua Unión Soviética), los Estados Unidos, Inglaterra e Irlanda del Norte, Francia y la República Popular China.

Desde que se firmó el tratado, otros tres países no firmantes del mismo han realizado pruebas nucleares: India, Pakistán y Corea del Norte. Además, existen suficientes indicios de que Israel posea un arsenal de armas nucleares, aunque nunca haya sido confirmado ni desmentido por el propio país.

Irán ha estado desarrollando la tecnología de enriquecimiento de uranio y ha sido acusado por las naciones occidentales de hacerlo con fines armamentísticos. La República Islámica insiste que sus intenciones están limitadas a la generación de energía nuclear interna con fines pacíficos, a pesar de que se han detectado trazas de plutonio. Desde el 4 de febrero de 2006, el Organismo Internacional de Energía Atómica suspendió a Irán del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en respuesta a las preocupaciones occidentales sobre sus posibles programas nucleares.

Climatólogos de la empresa estadounidense Rutgers University han analizado cómo afectaría a la producción agrícola global el hollín que expulsarían a la atmósfera los fuegos derivados de un conflicto atómico.

La investigadora Lili Xia y su grupo han estudiado seis posibles escenarios: cinco de ellos corresponden a guerras nucleares entre India y Pakistán, mientras que el sexto es un gran conflicto entre Rusia y Estados Unidos. Los científicos han hecho sus cálculos «en base al tamaño del arsenal nuclear de cada país», detalla su universidad en un comunicado.

Al introducir sus estimaciones en un modelo climático, los expertos han calculado el impacto que sufriría la producción de cultivos de maíz, arroz, trigo y soja, así como los cambios que sufrirían las tierras de pastoreo y los bancos globales de pesca.

Los datos son escalofriantes. Nuestra existencia está en peligro, sujeta a los caprichos e intenciones de las naciones citadas en párrafos anteriores.

Hay que tener en cuenta que esas potencias nunca se desapoderarán de esas terroríficas herramientas pese a los acuerdos que pudieran configurarse en las desacreditadas cumbres internacionales porque ese es su escudo de protección y exhibición de poderío frente a los rivales. El expansionismo compulsivo es su principal objetivo para considerarse dueños del mundo, estrategia que combinan con el marcado proteccionismo sobre las naciones más débiles ricas en recursos minerales y medioambientales.

Se afirma que bajo el escenario menos dañino, una guerra restringida entre India y Pakistán, por ejemplo, la producción media de calorías alimentarias mundial decrecería un 7% en los cinco años siguientes al conflicto. En el peor de los casos, esa producción caería un 90% en un periodo de tres o cuatro años. La reducción en los cultivos sería catastrófica en las latitudes medias y altas, incluido en Estados Unidos y Rusia, grandes exportadores de alimentos, lo que tendría un grave impacto en países importadores de África y Oriente Medio.

Se prevé que en esas circunstancias más del 75% del planeta sufriría hambruna, según el trabajo liderado por la investigadora Lili Xia, que especula con la posibilidad de que la producción agrícola ahora destinada a animales podría servir para alimentar a los humanos. Detalló que la capa de ozono quedaría destruida por el calor en la estratosfera, produciendo más radiación ultravioleta en la superficie.

Los otros efectos

Otra publicación divulgada el 12 de julio de 2022 plantea que la invasión rusa de Ucrania ha puesto en primer plano la amenaza de una guerra nuclear. Pero, ¿cuáles serían los efectos sobre el planeta? Un nuevo estudio científico publicado en la revista AGU Advances proporciona información detallada sobre el impacto global de semejante catástrofe.

La autora principal del estudio, la profesora asistente del Departamento de Oceanografía de la Lousiana State University (LSU), de Estados Unidos, Cheryl Harrison, y sus colegas realizaron múltiples simulaciones por computadora para estudiar los impactos de una guerra nuclear sobre los sistemas de la Tierra, teniendo en cuenta las características del actual arsenal atómico. Nueve naciones controlan actualmente más de 13.000 armas nucleares en el mundo, según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo.

Las simulaciones analizadas indican que las tormentas de fuego que desencadenarían las explosiones nucleares liberarían a la atmósfera superior tales cantidades de hollín y humo que bloquearían el Sol y provocarían la pérdida masiva de cosechas en todo el mundo, dando lugar a una gran crisis alimentaria. En el primer mes después de la detonación, las temperaturas globales promedio caerían unos 10,5 grados centígrados, una bajada mayor que la que se registró en la última Edad de Hielo.

«No importa quién esté bombardeando a quién. Pueden ser India y Pakistán o la OTAN y Rusia. Una vez que el humo se libera a la atmósfera superior, se propaga globalmente y afecta a todos», alertó Harrison.

Las temperaturas del océano descenderían rápidamente y no volverían a su estado anterior incluso después de que el humo se disipara. A medida que el planeta se enfríase, el hielo marino se expandiría en casi 10 millones de kilómetros cuadrados y 1,8 metros de profundidad en algunas cuencas cercanas a los principales puertos, incluidos el puerto de Tianjin en Beijing (China), Copenhague y San Petersburgo.

El hielo marino se extendería a las regiones costeras normalmente libres de hielo, bloqueando de este modo el transporte marítimo en el hemisferio norte, lo que dificultaría el envío de alimentos y

suministros a algunas ciudades como Shanghái, donde los barcos no están preparados para abrirse paso a través del hielo marino.

La caída repentina de la luz y de las temperaturas del océano, especialmente desde el Ártico hasta los océanos Atlántico Norte y Pacífico Norte, mataría las algas marinas, que son la base de la red alimentaria marina, creando lo que puede considerarse una hambruna generalizada en el mar, que dejaría sin alimento a la mayor parte de las especies. Esta situación anularía casi toda la pesca y la acuicultura.

De hecho, agrega la investigadora norteamericana, los océanos tardan más en recuperarse que la tierra firme. En el escenario más grave de una confrontación entre Estados Uidos y Rusia, es probable que la recuperación de los océanos tarde décadas en la superficie y cientos de años en las profundidades, mientras que los cambios en el hielo marino del Ártico probablemente duren miles de años y den lugar a un fenómeno ambiental conocido como “Pequeña Edad de Hielo Nuclear”.

Para llegar a estas conclusiones, los investigadores simularon lo que sucedería a los sistemas de la Tierra si Norteamérica y Rusia usaran 4.400 armas nucleares de 100 kilotones para bombardear ciudades y áreas industriales. Un kilotón es el equivalente a la energía liberada por la explosión de mil toneladas de TNT, abreviatura del trinitrotolueno.

El resultado fue la generalización de incendios que arrojarían 150 teragramos (unidad de medida equivalente a un billón de gramos) o más de 148.500 millones de kilos, de humo y hollín a la atmósfera superior. También simularon lo que sucedería si India y Pakistán detonaran alrededor de 500 cabezas nucleares de 100 kilotones: arrojarían de 5 a 47 teragramos, o de 5 a 46 mil millones de kilos, de humo y hollín a la atmósfera superior.

«La guerra nuclear tiene consecuencias nefastas para todos. Los líderes mundiales usaron nuestros estudios previamente como un impulso para poner fin a la carrera armamentista nuclear en la década de 1980, y hace cinco años para aprobar un tratado en las Naciones Unidas para prohibir las armas nucleares. Esperamos que este nuevo estudio animará a más naciones a ratificar el tratado de prohibición», señaló el coautor Alan Robock, profesor distinguido del Departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad de Rutgers.

La investigación muestra la interconexión global de los sistemas de la Tierra, especialmente frente a perturbaciones de gran escala, ya sean causadas por erupciones volcánicas, incendios forestales masivos o guerras.

«La guerra actual de Ucrania y cómo ha afectado a los precios de la gasolina nos muestra cuán frágiles son nuestra economía global y nuestras cadenas de suministro ante conflictos y perturbaciones regionales», dijo la profesora Cheryl Harrison.

Otros eventos catastróficos, como son las erupciones volcánicas, también producen nubes de partículas en la atmósfera superior. De hecho, a lo largo de la historia, estas erupciones han tenido impactos negativos similares a los de explosiones atómicas en el planeta y la civilización.

Harrison explicó que poco se puede hacer para evitar una gran erupción volcánica, pero sí para frenar una confrontación con armas atómicas. «Podemos y debemos hacer todo lo posible para evitar una guerra nuclear. Es muy probable que los efectos sean globalmente catastróficos», añadió.

Vistas esas explicaciones científicas, debemos estar preparados para morir de hambre y enfrentar otras calamidades demoledoras. Las armas nucleares son los mejores activos que tienen las citadas

naciones para protegerse de eventuales ataques. Para ellos, la humanidad no cuenta. Ese será el real apocalipsis, no el que pregona la Biblia.

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