• 26 septiembre, 2022

El cerebro desamueblado de mi vecino

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Por Manuel Vólquez

Por desgracia para mi y la familia, al lado de mi casa se ha mudado un señor que instaló un poderoso equipo de música en la marquesina, lugar que comparte con su vehículo de reducido tamaño.

Se trata de un fósil que presume de que es abogado, que cuenta con buenas relaciones con policías y militares, de que fue policía alguna vez. También, que es maestro constructor avalado con una certificación del Codia. El es que más sabe y opina de todo. Resumiendo, he llegado a la conclusión de que es un bultero y mentiroso compulsivo.

Es un homo sapiens extraño. Lo primero que hizo al mudarse a esa casa, que no es suya, fue cerrar la marquesina hasta el tope con una planchuela. Lo mismo hizo con las paredes laterales o los linderos que separan las casas y las techó con hojas de zinc. Otro vecino le llamó la atención por eso.

Llama a la curiosidad que los números de la placa de su vehículo están tapados con una tablilla (es ilegal) y anda con una luz bengala roja y azul de las que usan las flotillas policiales y militares. Es como si se escondiera de alguien.

Alguien me contó que el hombre fue apaleado una vez, y sufrió rotura en un brazo, por una persona a quien él junto a su mujer, que es abogada, le despojaron un inmueble a la fuerza y con maromas jurídicas por mandato de una financiera.

Lo cierto es que ese señor, cuyo nombre aún no sé y no me interesa saberlo, es el auténtico modelo de un salvaje, un marginal social, un animal y un irrespetuoso del convivir en paz con el vecino.

Él no tiene horario para poner música (bachatas de amargue, merengue y salsa). Escucha música todos los días y sube el volumen muy alto porque él entiende que los demás vecinos gustan de sus Cds. Eso es contaminación acústica.

Los primeros días de haberse mudado, ponía música a las 6 de la mañana y eso provocó que yo le llamara la atención porque no nos dejaba dormir. Eso no bastó, pues continuó con su inconducta salvaje hasta que una vecina y yo lo enfrentamos con firmeza. Se armó una discusión fuerte que terminó en enemistad.

“Usted tiene derecho a escuchar música, pero con el volumen bajo. Eso nos molesta y perturba el sueño”, le dijimos. Pero él ha continuado en lo suyo. Cuando no es él, es una hija suya adolescente que nos agrede con la música urbana. Ambos son depositarios del código de la imprudencia y del mal convivir.

Ese vecino fue obligado a mudarse de una calle del mismo sector que albergo, por su mal comportamiento. Y para mala suerte, una abogada del residencial, que conoce la conducta del sujeto, le alquiló al lado mío. A veces me pregunto “qué cosas malas he hecho para merecerme ese castigo”.

He decidido no enfrentarlo porque infiero que las cosas pueden desatar una tragedia y no estoy en condiciones físicas de pelear, nunca lo he hecho. Ese no es mi estilo, mejor es ignorarlo y aislarlo como han hecho los demás vecinos. Creo que terminará mudándose cuando nadie le haga coro. Sin embargo, no me descuido con él. Me mantengo alerta y vigilante porque uno no sabe como piensa el otro.

El ruido, es un asesino escandaloso. La contaminación acústica en las ciudades es un peligro creciente para la salud pública. Es un fenómeno que vemos a diario.

Por las calles circulan vehículos con potentes equipos de música. Los vendedores ambulantes, especialmente las llamadas guaguas plataneras y fruteras, nos agreden sin control con las bocinas como si nada pasara. Y ninguna autoridad interviene para erradicar esa práctica, pese a que hay leyes que la regulan.

En informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, titulado “Fronteras 2022: ruido, llamas y desequilibrios”, se establece que la contaminación acústica puede tener unos efectos devastadores a largo plazo en la salud física y mental de las personas.

Los sonidos no deseados, prolongados y de alto nivel procedentes del tráfico rodado, el ferrocarril o las actividades de ocio perjudican la salud y el bienestar de los ciudadanos, que padecen molestias crónicas y alteraciones del sueño.

Estas alteraciones conducen a su vez a graves enfermedades cardíacas y trastornos metabólicos, como la diabetes, al tiempo que causan problemas auditivos.

La contaminación acústica provoca 12.000 muertes prematuras al año en la Unión Europa y afecta a uno de cada cinco de sus ciudadanos. Los niveles de ruido aceptables se superan en muchas ciudades del mundo, entre ellas Argel, Bangkok, Damasco, Dhaka, Ho Chi Minh City, Ibadan, Islamabad y Nueva York.

Los más afectados son los más jóvenes, los ancianos y las comunidades marginadas cerca de carreteras con mucho tráfico y zonas industriales y alejadas de los espacios verdes.

Asimismo, los animales que habitan los entornos urbanos, como aves, ranas, gatos, perros e insectos, también sufren esa realidad.

Los sonidos son un fenómeno físico complejo originando in la vibración de las voces de propagandas energéticas dentro de un medio como una onda acústica.

Si le explicara a mi imprudente vecino el daño que ocasiona su música al medioambiente, me repetiría que él tiene derecho a escucharla como le dé ganas. Obviamente, es un sujeto poseedor de un cerebro desamueblado y nada se puede hacer para adaptarlo al régimen de la civilización, pues árbol que nace torcido, jamás nadie lo endereza.

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