El terrorífico síndrome de aplastamiento
Manuel Vólquez
El doble terremoto en Venezuela y el que surgió en Haití, el 12 de enero de 2010, ambos con cúmulos de miles de muertos, heridos y desaparecidos, son acontecimientos para preocuparse en la República Dominicana en virtud de que los tres países tienen cosas en común: las masivas construcciones de gigantes edificios urbanos e interurbanos con débiles estructuras y sin supervisiones técnicas, factores que no garantizan soportar sismos de magnitudes de más de 7.0 grados, con sucesivas réplicas y las posibilidades de generar tsunamis devastadores.
Viendo esa eventualidad telúrica en la República Bolivariana, he comprendido que América Latina y el Caribe están en continuos peligros debido a las placas tectónicas ubicadas en la región, como la norteamericana y la de Sudamérica. Son fallas geológicas sobre las que está conformado el planeta que habitamos. Las más renombrada es la de San Andrés, en California, Estados Unidos.
La placa del Caribe tiene una superficie de 3,2 millones de km², que incluye una parte de la América Central y abarca el fondo del Mar Caribe al norte de la costa de América del Sur. Venezuela está situada justo entre las fallas geológicas del Caribe y Sudamérica, sumada a la presencia de otras tres grandes activas y decenas de secuelas secundarias. Eso explica la catástrofe, dicen los geólogos internacionales. La República Dominicana está sentada sobre esa plataforma, de manera que deberíamos estar en permanente alerta porque en un futuro no lejano se podría dar el caso de Venezuela o de Haití y no estamos orientados sobre qué hacer cuando está en progreso un terremoto. Y eso es lo peor.
He reflexionado mucho respecto a los terremotos cada vez que observo las elevadas y modernas torres de apartamentos, los elevados y túneles. Estar atrapado bajo pesados escombros constituye una escena desesperada, pues las personas están en una completa oscuridad, con poco oxígeno y mucho deseo de salir. En este tipo de emergencias, los especialistas advierten un riesgo que puede pasar desapercibido. Ese momento lo llaman “el Síndrome de aplastamiento”, una situación que puede provocar un deterioro repentino incluso después de que la víctima haya sido liberada de debajo de las ruinas. Es una complicación grave que aparece cuando una parte del cuerpo permanece comprimida durante un tiempo prolongado bajo grandes pesos, como ocurre tras derrumbes de edificios.
Dicen los galenos que cuando una extremidad permanece atrapada, el objeto que la comprime actúa como una especie de tapón. Durante ese tiempo, el músculo lesionado comienza a destruirse y libera grandes cantidades de potasio, ácidos, mioglobina (proteína encargada de almacenar y transportar oxígeno) y otros productos. Mientras continúa la compresión, buena parte de estas sustancias permanecen localizadas en la zona lesionada, pero el problema aparece cuando el rescatista retira el peso de forma brusca puesto que esas sustancias entran rápidamente en la circulación sanguínea y alcanza órganos vitales, como el corazón y los riñones. La explicación médica es sombría. Es decir, el peligro de morir no ha pasado.
Un detalle que más preocupa a los socorristas es que la persona puede encontrarse consciente, orientada, lucir tranquila, decir que se siente bien e incluso conversar, antes de sufrir un colapso tras ser liberada. Esa aparente estabilidad inicial no garantiza que el organismo no vaya a deteriorarse poco después. Por eso, los expertos insisten en que cualquier persona que haya permanecido atrapada bajo un aplastamiento prolongado debe ser evaluada y trasladada obligatoriamente a un hospital, aunque aparentemente no presente lesiones graves.
Pienso que quien sobreviva a un terremoto siempre estará marcado por las escenas de miedo, angustia y desesperación que se siente bajo los pesados escombros de concreto. Los sobrevivientes del colapso de la discoteca Jet Set podrían el mejor referente de esa crisis postraumática.

