La inseguridad alimentaria es una pandemia

manuel voquez

Manuel Volquez

Manuel Vólquez

El número de personas en todo el mundo que padecen hambre va en aumento, con más de 820 millones que no tienen suficiente para comer, según el nuevo informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

El hambre está creciendo paulatinamente y se han perdido años de avance a nivel mundial, en tanto que la amenaza de no tener un plato de comida asegurado alcanza ya al 26,4% de la población mundial.

El informe muestra que el cambio climático es uno de los principales factores de ese problema, junto con los conflictos y la desigualdad económica.

Ese fenómeno ocurre mientras las grandes naciones gastan miles de millones de dólares en la fabricación de armamentos de alto poder destructivo y en estrategias para dominar las economías mundiales.

Conforme a las teorías de los genios de la ONU, el debilitamiento de la economía se encuentra entre las principales causas de estas tendencias. Es el mismo discurso de siempre. Pero no mencionan otros factores, como la desigualdad social, la severa explotación del trabajador, la acumulación de riquezas de las minorías gobernantes mediante fraudes, robo, evasión de impuestos y la indignante corruptela, acciones que son más notables en los países latinoamericanos.

El reporte, sin embargo, dice que “durante décadas el número de personas que padece hambre ha ido disminuyendo, pero en los últimos tres años se ha invertido esta tendencia, ya que una de cada nueve personas en el mundo está desnutrida”. Al mismo tiempo, asegura que “ninguna región está exenta de la epidemia de sobrepeso y obesidad. Estas últimas estadísticas muestran que alcanzar el objetivo del hambre cero para 2030 es cada vez más difícil”.

El análisis del 2019, que se presentó en Nueva York durante el Foro Político de Alto Nivel (HLPF por sus siglas en inglés), examina más a fondo el impacto de la inseguridad alimentaria e introduce, por primera vez, un nuevo indicador: la falta de acceso a “alimentos nutritivos y suficientes”, realidad que afecta a unos 1.300 millones de personas.

En el documento se afirma que, si bien poner fin al hambre y a todas las formas de malnutrición para 2030 supone un reto inmenso, con un compromiso político real, medidas más audaces y las inversiones adecuadas, “todavía es posible alcanzar el hambre cero”.

Llama mi atención el siguiente detalle: “La inseguridad alimentaria que vemos hoy, además de contribuir a la desnutrición, también contribuye al sobrepeso y la obesidad, lo que explica en parte la coexistencia de estas formas de malnutrición en muchos países”.

Precisa que en 2017 el sobrepeso afectaba a más de 38 millones de niños menores de cinco años; África y Asia representaban el 25% y el 46% del total mundial, respectivamente.

La anemia en las mujeres y la obesidad en adultos también están aumentando a nivel mundial: una de cada tres mujeres en edad reproductiva padece anemia y más de uno de cada ocho adultos, o más de 672 millones, son obesos.

Explica el reporte que el problema de la obesidad es más significativo en América Septentrional, pero resulta preocupante que incluso África y Asia, que siguen presentando las tasas de obesidad más bajas, también estén mostrando una tendencia ascendente. Además, el sobrepeso y la obesidad están aumentando el riesgo de enfermedades no transmisibles, tales como diabetes de tipo 2, hipertensión, ataques cardíacos y algunas formas de cáncer.

No logro entender cómo la inseguridad alimentaria y la desnutrición pueden contribuir a la obesidad. Tal vez un médico endocrinólogo o un cardiólogo tengan la respuesta.

En lo que sí estoy claro es que “la falta de acceso a alimentos nutritivos y suficientes” conllevan a población pobre o de clase media a una muerte acelerada.

En las naciones pobres, las últimas cinco décadas nos la hemos pasado ingiriendo alimentos manufacturados de cuestionable calidad, sobre todo leche y jugos elaborados a base de saborizantes, con alto contenido de azúcar. En los envases, los fabricantes suelen poner etiquetas donde figuran los supuestos nutrientes del producto y en muchos casos no llenan los requisitos de salubridad ni dicen dónde son fabricados. Igual ocurre con los productos farmacéuticos.

Esas cosas (estoy convencido) no ocurren en los países ricos donde sí funcionan organismos de Salud Pública que con regularidad supervisan los productos de uso humano.

Además, la tierra ya no da los alimentos agrícolas con la calidad de antes. Para incrementar la producción, los agricultores son obligados a usar fertilizantes químicos de alta potencia devastadora para abonar la tierra como forma de garantizar la productividad, lo que se traduce en una adulteración de los artículos que ingerimos. Pero eso no lo comentan los técnicos de organismos nacionales e internacionales.

Nos están matando, de manera deliberada, con comidas chatarras o basura, de bajo contenido nutriente y hasta falta de higiene, en complicidad con las clases políticas y los gobiernos. Con razón abundan tantas enfermedades catastróficas y suntuosos centros de salud privados.

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