Muerte de adolescente en isla aislada pone foco en sus habitantes
Brisbane, Australia,— Era temprano y el sol apenas asomaba en el horizonte cuando Piper James, una joven canadiense de 19 años, caminó hacia el océano Pacífico para nadar en K’gari, una isla cuyo nombre en lengua local significa “paraíso”. Dos horas después, fue hallada muerta en la playa, con su cuerpo rodeado de dingos, perros salvajes nativos de Australia que deambulan libremente por este parque nacional ubicado en la costa este del país.
Piper, una mochilera de espíritu aventurero, llevaba varias semanas trabajando en la isla, declarada Patrimonio de la Humanidad, y cumplía el sueño de su vida de visitar Australia. Las circunstancias exactas de su muerte aún no han sido determinadas. Resultados preliminares de la autopsia indican evidencia de ahogamiento, así como mordeduras de dingo infligidas antes y después de su fallecimiento. Sin embargo, el Tribunal Forense de Queensland señaló que es poco probable que las mordeduras previas hayan causado la muerte inmediata.
“Por supuesto, todos queremos creer que fue un ahogamiento”, expresó su padre, Todd James, visiblemente afectado. “Es horrible, pero quizás un poco menos que la alternativa”. Las pruebas patológicas para establecer la causa definitiva de la muerte podrían tardar varias semanas. De confirmarse una participación determinante de los dingos, este sería apenas el tercer ataque mortal registrado en Australia en casi 50 años, y el primero que involucra a un adulto.
El caso revive recuerdos trágicos en el país, como el ocurrido en 1980, cuando un dingo se llevó a la bebé Azaria Chamberlain de una tienda de campaña en el Territorio del Norte, y el de 2001, cuando un niño de nueve años murió tras ser atacado por dos dingos en la entonces llamada Isla Fraser. Tras ese último hecho, se reforzaron medidas de seguridad como cercas en zonas habitadas, aunque también se sacrificaron más de 30 dingos, lo que generó una fuerte indignación pública.
La posibilidad de una nueva muerte vinculada a estos animales ha generado preocupación entre residentes y autoridades locales, no solo por los riesgos conocidos, sino por el temor a que se solicite nuevamente una matanza. El padre de Piper ha sido enfático en rechazar esa posibilidad. “No queremos que se haga daño a ningún animal. Piper no habría querido eso”, afirmó.
Cada año, cerca de medio millón de personas visitan K’gari atraídas por sus playas de arena blanca, lagos cristalinos y su fauna silvestre, incluidos hasta 200 dingos que habitan la isla. Aunque son considerados de gran valor ecológico y cultural —especialmente para el pueblo aborigen Butchulla—, también se reconoce que representan un peligro. Las autoridades recomiendan mantener una distancia mínima de 20 metros, no alimentarlos, viajar en grupo y portar palos disuasivos para ahuyentarlos.
La mañana de su muerte, Piper había ido sola a nadar cerca del famoso naufragio del SS Maheno, un punto emblemático de la isla. No se sabe con certeza si llegó a entrar al agua. Las playas de K’gari no cuentan con vigilancia y presentan fuertes corrientes, consideradas altamente peligrosas. Ese día, se registraban olas de hasta 2.5 metros, según residentes de la zona.
Expertos en vida silvestre advierten que los riesgos forman parte inherente de la convivencia entre humanos y naturaleza. “No tenemos leones ni tigres, pero tenemos dingos, serpientes venenosas y mares peligrosos”, explicó el biólogo Ben Allen. “Estar en la naturaleza siempre implica riesgos”.
Mientras continúan las investigaciones, la familia de Piper planea viajar a K’gari para participar en una ceremonia tradicional de purificación con humo, organizada por los custodios indígenas de la isla. Su padre espera que la tragedia impulse cambios en las normas de seguridad, especialmente para jóvenes viajeros y trabajadores extranjeros, a fin de evitar que una historia como la de su hija vuelva a repetirse.

