• 19 octubre, 2021

Preocupación del niño Lyan Adrián

manuel voquez

Por Manuel Vólquez

Tiene a penas siete años y ya demuestra terror hacia la vejez. Su diminuta figura corporal contrasta con la edad, pero en su interior resplandece el espíritu de la sabiduría infantil.

Le llaman Lyan Adrián, un niño de ojos negros y mirada profunda y cansada, muy preguntón que, como todos los niños, busca respuesta a todo lo que le rodea. Es poco conversador y siempre tiene reglas específicas sobre su personalidad. Por ejemplo, no le gusta que lo vean desnudo en el baño o en el vestidor y es selectivo con los alimentos que ha de ingerir.

Su rechazo a la vejez lo descubrí en un breve diálogo con él mientras me visitaba. Es un sobrino preferido y mimado de mi esposa. Observaba con atención la parte inferior de mis pies y de repente me dijo:

-Tu tienes los pies de lobo.

-No es un pie de lobo, es un pie de un hombre que se está poniendo viejo-respondí.

-Yo no quiero ser ningún viejo. No quiero convertirme en un lobo -respondió. Noté cierta nostalgia en su mirada cuando pronunció esas últimas palabras.

-Lyan, todas las personas terminan convertidas en ancianos. Es la última fase de la vida-dije. Esa parte se la tuve que explicar con calma y poniendo algunos ejemplos de las etapas del crecimiento.

-No, te dije que yo no quiero ser un viejo porque los viejos tienen los pies de lobos, son feos y tienen la pie arrugada. No lo quiero-insistió.

Ahí terminó el diálogo. Preferí dejarlo al ver que él estaba a punto de estallar en llanto. Me sorprendió ese comportamiento.

Lo cierto es que él no es único que le teme a la ancianidad. No lo fustigaré por esa actitud. Son muchos los humanos que reflexionan sobre esa realidad. Naturalmente, la vejez es una fase de complicaciones, de enfermedades catastróficas que disminuye la energía y el ánimo de quienes las padecen, además de generar nostalgias, compasión y enormes gastos financieros en los buenos familiares.

Es normal que surjan esas eventualidades, esos rechazos. No veo la razón de sentirse mal por llegar a viejo.

Muchos humanos terminan desechados y depositados por los familiares en un hospicio, lugares que son tipificados como depósitos de ancianos con exiguas posibilidades de sobrevivir.

Tal vez la mejor descripción de la ancianidad la ofrece el fallecido cantautor argentino Alberto Cortez en una canción titulada “La vejez”, la cual define como una dictadura y la clausura de lo que fue la juventud alguna vez.

Esto fue lo que escribió Cortez:

La vejez

Me llegará lentamente

y me hallará distraído

probablemente dormido

sobre un colchón de laureles.

Se instalará en el espejo,

inevitable y serena

y empezará su faena

por los primeros bosquejos.

Con unas hebras de plata

me pintará los cabellos

y alguna línea en el cuello

que tapará la corbata.

Aumentará mi codicia,

mis mañas y mis antojos

y me dará un par de anteojos

para sufrir las noticias.

La vejez…

está a la vuelta de cualquier esquina,

allí, donde uno menos se imagina

se nos presenta por primera vez.

La vejez…

es la más dura de las dictaduras,

la grave ceremonia de clausura

de lo que fue, la juventud alguna vez.

Con admirable destreza,

como el mejor artesano

le irá quitando a mis manos

toda su antigua firmeza

y asesorando al Galeno,

me hará prohibir el cigarro

porque dirán que el catarro

viene ganando terreno.

Me inventará un par de excusas

para amenguar la impotencia,

´que vale más la experiencia

que pretensiones ilusas´,

me llegará la bufanda,

las zapatillas de paño

y el reuma que año tras año

aumentará su demanda.

La vejez…

es la antesala de lo inevitable,

el último camino transitable

ante la duda… ¿qué vendrá después;

La vejez

es todo el equipaje de una vida,

dispuesto ante la puerta de salida

por la que no se puede ya volver

A lo mejor, más que viejo

seré un anciano honorable,

tranquilo y lo más probable,

gran decidor de consejos

o a lo peor, por celosa

me apartará de la gente

y cortará lentamente

mis pobres, últimas rosas.

La vejez

está a la vuelta de cualquier esquina,

allí donde uno menos se imagina

se nos presenta por primera vez.

La vejez…

es la más dura de las dictaduras,

la grave ceremonia de clausura

de lo que fue la juventud alguna vez.

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