Sebastián Piñera, un terremoto de presidente
¿Sabe usted por qué Piñera va a ser un presidente tremendo? Pues porque ellos, él y sus hermanos, siempre soñaron en grande.
Mari Luz Serdio es hija de Maximiliano Serdio, natural de El Mazo (Peñamellera Baja), que a sus 102 años es el asturiano de mayor edad residente en Chile. Mari Luz estudió Ingeniería Comercial, el equivalente a la carrera española de Económicas. Compartió aulas con Sebastián Piñera en la Universidad Católica de Santiago. Lo conoce bien, a él y a sus hermanos. De todos habla con admiración. No tiene duda: «Piñera va a ser algo grande». A partir de hoy se verá si este bisnieto de Bernardino Piñera Aguirre, asturiano de Libardón llegado a Chile en 1860, cumple con las esperanzas que despierta en su antigua compañera de aulas en la Católica y otros muchos chilenos que le votaron (ganó con el 51,6% de los sufragios).
Los actos para la transmisión del mando presidencial comenzaron ayer, miércoles, en Santiago de Chile, con la llegada de los primeros mandatarios de otros países, entre ellos el Príncipe Felipe, que se reunió con Piñera y después visitó a la colonia española en el Estadio Español, el centro de ocio y cultural de la calle Neverías de Santiago donde la colectividad asturiana tiene un peso muy importante. Sebastián Piñera recibirá la banda presidencial hoy, jueves, en el Senado, en Valparaíso.
Ante sí se va a encontrar un panorama radicalmente distinto del que vislumbraba durante una campaña presidencial en la que prometió un millón de empleos, un crecimiento económico del 6 por ciento anual y la reducción de unos índices de delincuencia que ya son extraordinariamente bajos para América Latina, pero sobre los que la ciudadanía tiene una impresión magnificada. Buena parte de esa percepción de riesgo continuo la tienen unos informativos de televisión muy volcados con los sucesos y sus impactantes imágenes.
Entre esos informativos, paradójicamente, están los del canal Chilevisión, propiedad del futuro presidente.
Pero nada de lo dicho en campaña sirve tras el terremoto del pasado día 27.
El seísmo, el mayor que ha vivido Chile, no sólo desplazó varios centímetros sobre el mapa a ciudades como Santiago o Concepción. Cambió todas las coordenadas políticas. «Piñera tendrá que ser como Bob el constructor», dice José Luis Santamaría, editor de la sección de política del diario «El Mercurio», el más leído de Chile, en alusión a una conocida serie de animación infantil con la que disfrutan sus hijos.
Guadalupe, la hermana mayor del presidente electo, dijo que Sebastián Piñera era un muchacho «hipercinético», un rapaz hiperactivo. Es una característica que todos apuntan de él. Ahora, aquel niño terremoto tiene ante sí la tarea de reconstruir el país. Que ya es bastante.
Hace falta medio millón de casas de manera urgente, y hasta que el temblor arrasó varias provincias el Gobierno chileno construía unas 130.000 viviendas anuales para las clases más desfavorecidas. Ahora van a tener que pisar el acelerador.
Los asturianos de Chile, no lo ocultan, son piñeristas. Ven en él lo que han visto buena parte de sus votantes: a un hombre hecho a sí mismo que ha entrado en la lista «Forbes» de las mayores fortunas del mundo sin haber nacido millonario. En ese sentido, lo comparan con Juan José Cueto, otro asturiano de Libardón, socio hasta ayer de Piñera en la aerolínea Lan, a quien se refieren como «don José» con cierta veneración. Ambos, que se encontraron por los caminos de los negocios y no por sus raíces asturianas, representan el sueño de que todo es posible en Chile con trabajo y esfuerzo.
Los astur-chilenos no ven a su futuro presidente como un Berlusconi de este lado de los Andes. Le presuponen una cierta vocación de «cumplir un servicio al país». También admiten que con tantos millones en la cuenta corriente el poder era lo único que le faltaba.
Con trazo muy grueso se puede decir que con Piñera la derecha regresa al Gobierno después de veinte años de gabinetes de Concertación Nacional, entre el centro y la izquierda que encarnó la presidenta Michelle Bachelet en estos últimos cuatro años. En Chile, no obstante, a la hora de hacer comparaciones prefieren buscar semejanzas con la bipolaridad demócratas/republicanos de Estados Unidos. Como decía con sorna un taxista de Santiago el pasado martes: «Mire, acá, en Chile, los gobiernos ahora se diferencian muy poco. Unos quitan un poco más a los pobres y otros les dan un poco menos». Lo cierto es que los propios seguidores de Piñera apuntan, un poco en voz baja, que muchos integrantes de la derecha le votaron tapándose la nariz, como el mal menor. En puridad, no se atreven a decir que Piñera sea realmente un señor de derechas.
«Ojo, que él votó en contra de Pinochet en el plebiscito de 1988 y puso dinero para financiar la campaña», subraya Carmen de Diego, presidenta de la colectividad asturiana en Chile. «Piñera es, sobre todo, piñerista», sentencia José Luis Santamaría de El Mercurio.
Michelle Bachelet -«la mamá que nos daba plata» porque redujo el superávit estructural chileno para aumentar las prestaciones sociales- se despide del palacio de La Moneda (por ley sólo puede estar una legislatura) con una aprobación popular del 84 por ciento. Deja el poder fundiéndose en un muy retransmitido abrazo con Piñera. Los rivales políticos no se hacen arrumacos por gusto. Es que tocan tiempos de reconstrucción nacional. Y ahí los chilenos dan la talla. Saben hacer piña. Dicen que es parte de su esencia.
En días pasados, Piñera, propietario del Colo Colo, el equipo de fútbol de las clases más populares, fue presentando una alineación para su gobierno en la que sacaba a jugar a ministros y gobernadores, en la mayoría de los casos, con un perfil de alto ejecutivo, de triunfadores en los negocios, pero muy poco de políticos. Es su estilo. Piñera es un empresario y como una empresa va a llevar Chile.
La ocasión, además, la pintan calva pues el terremoto ha sembrado la suficiente destrucción para que tenga tarea concreta por muchos años. Pero también ha abierto algunas grietas en la percepción que tenía de sí mismo un país orgulloso de su crecimiento y de su serena transición de la dictadura a la democracia. «¿Usted se imagina algún lugar en el mundo donde un dictador deje de gobernar por votación popular?», pregunta Manuel Llaneza, hijo de un langreano de Cuturrasu. «Pues aquí pasó. Los chilenos votaron que Pinochet se fuera, y se marchó».
Esa grieta que se abrió el día 27, después de que la tierra los dejase temblando, fue el llamado «terremoto moral». Se palpa la consternación que produjeron en numerosos chilenos las escenas de saqueo producidas tras el seísmo. Reconocen que había gente necesitada, sí. «¿Pero puede decirme usted para qué necesitaban algunos de esos saqueadores televisiones de plasma?», se pregunta Carmen de Diego, descendiente de asturianos de Amieva. Todos los integrantes de la colectividad asturiana comparten el estupor de De Diego ante los robos. Ahora le buscan una explicación. Naida Fernández, hija de asturianos de Peñamellera Baja, da la suya: «Durante los veinte años de gobierno de la Concertación hubo un debilitamiento terrible de la autoridad. Al intento de la Policía de poner orden ellos lo llamaban represión, aplastar al pueblo». Al final la presidenta Bachelet sacó el Ejército a la calle para detener los saqueos. Fue una decisión que muchos presumen extraordinariamente dura para ella, militante de izquierdas torturada y exiliada durante la dictadura de Pinochet. Parecía una broma de mal gusto que se despidiera de La Moneda sacando otra vez a los milicos a pasear. «Pero al final movilizó al Ejército, se detuvieron los saqueos y no pasó nada. ¡Es que estamos en otro momento histórico!», subraya Naida Fernández. Es el momento de Piñera, el de Bob el constructor.

