Señores distintos

Por Julio Martínez Pozo 

 Hubiese jurado por las cosas más sagradas, que nunca me había topado con el señor Arturo del Tiempo Márquez, ciudadano español apresado en su país por imputación de narcotráfico, pero un amigo me previno de tal herejía, al recordarme la noche en la que compartimos con él.

 Estábamos en torno a una mesa alargada  con asientos de taburetes, en la que nos situábamos cuando frecuentábamos a Vinopolis, y en otro extremo se encontraban dos españoles a los que saludamos al llegar y con los que más adelante emprendimos una amena conversación.

Uno tomaba vino y el otro se hacía servir un coñac que él  mismo ligaba con coca-cola.

Alguien nos presentó, y  pensé que se trataban de dos  vendedores que estaban en aquel sitio identificando potenciales clientes para mercadear una torre.

Repartieron sus tarjetas en el grupo, que en mi caso no conservé, porque ni perdería mi tiempo ni pondría a perder el de esas personas, procurando más detalles de una inversión para la que no calificaba.

Con estos líos es que he venido a saber que uno de esos señores era Arturo del Tiempo.

Su perfil es muy lejano al que se le supone a un narcotraficante, por lo que se abrió paso con cierta facilidad en los más altos niveles de la sociedad dominicana.

Sé de una persona que lo trató y que se salvó de no haber entrado en negocios con él, por el sexto sentido del están dotadas algunas damas. Del Tiempo le ofertó 14 millones de dólares por la compra del 50% de las acciones de una empresa de franquicia extranjera. Lo consultó con su familia, y a todos les pareció excelente oportunidad, pero a la esposa algo le sugería que había que darle más tiempo a las cosas. Se impuso su prudencia, y poco después salió a relucir el verdadero rostro del  señor.

La principal falla reside en los organismos de seguridad, que no cumplieron con el papel de indagar quién era este caballero tan convincente que logró que el presidente Fernández concurriera, de buena fe, a dar el primer picazo de una la torre que hoy se tiene como parte de una estructura de lavado.

Esa labor también hubiese evitado que el Banco de Reservas, otorgara el financiamiento para la construcción del proyecto.

Distinto a Del Tiempo, el señor Felipe, Cristian Almonte o José Figueroa Agosto, delataba  su estirpe.

Nunca lo traté, pero tengo referencia de su comportamiento en los ambientes más distinguidos de la sociedad.

A diferencia de sus mujeres, ni era extravagante ni ostentoso, pasaba como uno más en los restaurantes y en la villa que tenía en Casa de Campo, su diversión se llevaba en el enclaustramiento.

Pagaba en efectivo, pero nunca recogía él la cuenta. Por lo general ese rol lo asumía un acompañante con apellido de renombre.

Un día supe de una compra por valor de 500 mil pesos en efectivo en vinos y campañas, que él, con su acento boricua y el rostro marcado de cirugía  no la hubiese podido hacer, sin la compañía de uno de esos acompañantes bien conocidos y acreditados en el medio.

Contrario a lo que se piensa, los negocios tienen mucho temor de cobrar grandes facturas en efectivo a desconocidos, por las falsificaciones.