• 23 enero, 2026

Trump quiere reabrir Alcatraz: una metáfora de su segundo mandato

La orden de Donald Trump de reabrir la icónica prisión de Alcatraz no es solo una propuesta extrema: es una metáfora deliberada de su visión para un segundo mandato. Convertir una antigua cárcel rodeada de aguas traicioneras en una prisión federal activa encaja perfectamente con la retórica de mano dura, ley y orden y autoritarismo simbólico que caracteriza su agenda política.

Una prisión como espectáculo político

Encerrar a los peores criminales en una isla infame como Alcatraz alimenta la narrativa de liderazgo fuerte y despiadado que Trump ha cultivado desde su primer mandato. La prisión, cerrada desde 1963 y convertida en una popular atracción turística, evoca imágenes de justicia brutal, reclusos célebres como Al Capone y películas cargadas de simbolismo carcelario: un universo que fascina al expresidente.

Trump calificó Alcatraz como “un símbolo triste, pero un símbolo de la ley y el orden”. Esta afirmación resume el enfoque teatral de su política: convertir cada gesto en una declaración visual de poder, incluso si la propuesta es poco práctica o legalmente inviable.

¿Realidad o cortina de humo?

Reabrir Alcatraz es, en términos logísticos, costoso, poco viable y legalmente complejo. Actualizar la isla a estándares penitenciarios modernos requeriría una inversión millonaria. Además, el sistema judicial y las normas de derechos humanos actuales harían casi imposible que la propuesta avanzara sin enormes obstáculos.

Pero eso puede no importar. Como ocurre con muchos de los planes de Trump, la propuesta de revivir Alcatraz funciona más como táctica política que como política pública real. Genera titulares, distrae de otros temas —como la falta de acuerdos comerciales o los conflictos arancelarios—, y refuerza su imagen de líder fuerte ante su base más leal.

El valor simbólico de Alcatraz en la era Trump

Más allá de la funcionalidad, Alcatraz 2.0 representa un mensaje contundente. La prisión está ubicada frente a San Francisco, una de las ciudades más progresistas del país y hogar de su antigua rival política, Nancy Pelosi. Trump no solo revive un ícono carcelario, sino que lo hace como un desafío directo al liberalismo urbano.

Un patrón autoritario en expansión

Desde marchas militarizadas hasta intentos de enviar migrantes a Guantánamo, Trump ha utilizado símbolos de poder estatal para proyectar control y castigo. La reapertura de Alcatraz no es un hecho aislado: forma parte de una narrativa más amplia que incluye desfiles militares, limpieza ideológica, y la exaltación de figuras autoritarias extranjeras.

La prisión de Colorado, donde están recluidos terroristas como Richard Reid o Ramzi Yousef, podría cumplir mejor la función que Trump alega. Pero Alcatraz no es solo una cárcel: es un símbolo visual de poder implacable.

Trump y la política como espectáculo

Desde su primer mandato, Trump ha tratado la presidencia como un reality show político. Su imagen, cuidadosamente escenificada, ha convertido momentos controvertidos —como su foto en Lafayette Square o su arresto en Georgia— en elementos de culto político.

Reabrir Alcatraz no se trata de eficiencia penitenciaria. Se trata de poder, imagen y control. Aunque el plan probablemente nunca se materialice, Trump ya logró lo que quería: acaparar la atención, dominar el discurso y reafirmar su narrativa de liderazgo inquebrantable en un país dividido.

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