• 15 junio, 2024

Un proyecto que no debe retrasarse

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Por Manuel Vólquez

El gobierno dominicano contempla instalar una planta desalinizadora de agua extraída del mar para la mejorar la producción y suministro del líquido a la población de la capital, según palabras del director de la Corporación del Acueducto y Alcantarillado de Santo Domingo (CAASD), Felipe Suberví.

La idea es buena porque se pretende buscar fórmulas para enfrentar los preocupantes ciclos de sequías que cada año enfrenta la República Dominicana, una situación que afecta a la producción agrícola nacional y a miles de hogares en los meses de verano debido, principalmente, a la ausencia de las lluvias.

Con esas intenciones oficialistas, dijo el funcionario, se hizo una licitación y ganó una empresa reconocida (que no identificó) que hace unos estudios para varios proyectos que persiguen elevar la oferta de agua potable a los residentes del Gran Santo Domingo.

Los planes implican la posible instalación de un planta que permita potabilizar las aguas salinas e incluye otras opciones como la presa de Haina, una toma de Hatillo, en San Cristóbal, y la presa de Don Juan, esta última ubicada en la provincia Monte Plata.

Ese mecanismo es empleado en varias naciones mundiales. Actualmente Arabia Saudí, es uno de los países pioneros en desalinización de agua del mar y completan la lista los Emiratos Árabes, Libia, Kuwait, Qatar, Estados Unidos, Japón, España, Chile, Colombia, Argentina, México, Aruba y otros.

De prosperar ese proyecto, estaríamos solucionando un problema de antaño que otros gobiernos no han mostrado interés en resolverlo. En la medida que crece la población urbana con modernos edificios empresariales, plazas comerciales y extensos residenciales, en el sentido horizontal y vertical, el suministro de agua se hace más necesario.

Entonces, la opción inmediata es tratar las abundantes aguas marinas y convertirlas en potables para los diversos usos humanos.

Los océanos, lagos, mares y otros podrían volverse las fuentes de agua dulce más importantes del planeta. La tecnología de desalinización hace ese futuro cada vez más accesible y desde ya varios países la están empleando. Se estima que los océanos cubren más de 77% de la superficie del globo terrestre. De este porcentaje, sólo 1% está protegida. Entre un 50 y un 80% de la vida en la Tierra se encuentra bajo la superficie del océano, que constituye 90% del espacio habitable del planeta.

Sabemos que contar con un suministro de agua seguro y de calidad es esencial para el bienestar socioeconómico de hoy y del mañana. Las innovaciones tecnológicas que ofrecen agua potable de calidad son fundamentales para el crecimiento regional, un desarrollo económico próspero y un estado general de paz. Esa es la realidad.

Con más de 18.000 plantas en más de 150 países a nivel mundial, la desalinización se está convirtiendo en una de las principales fuentes de agua digerible. Más de 300 millones de personas dependen de estas procesadoras para fines municipales, industriales y agrícolas. En la actualidad, alrededor de la mitad de toda el agua desalinizada se produce en Medio Oriente y África del Norte.

Algunas estadísticas no oficiales dicen que en tiempos de las sequías, una familia de bajos recursos paga entre 1,5 y 2,8 veces más por el agua, que sus contrapartes más adineradas. Las razones ya las

sabemos. En toda América Latina y el Caribe, 77 millones de personas aún carecen de acceso a esa vital sustancia.

Investigaciones científicas establecen que en los últimos años, América Latina se convirtió en uno de los mayores mercados emergentes de sistemas de desalinización. Chile, por ejemplo, tiene previsto construir la mayor planta en Latinoamérica en el desierto de Atacama, alimentada por energía solar, para abastecer la demanda de agua para la minería y el consumo humano. Perú también utiliza ese sistema para fines agrícolas, industriales y de consumo humano.

Se afirma que Latinoamérica alberga a más del 30% de los recursos de agua dulce del planeta y solamente el 8% de la población mundial, pero muchos países aún sufren escasez. La sequía extendida en América Central fomenta la emigración masiva. En México, la población sufre con frecuencia desabastecimiento, especialmente en el sudeste del país. Entre 2012 y 2015, Brasil padeció la peor resequedad en casi un siglo. La mayor reserva de agua de São Paolo, una ciudad con 22 millones de habitantes, perdió el 75% de su capacidad entre 2014 y 2015.

Incluso, he leído que civilizaciones indígenas antiguas, como Los Mayas y Los Aztecas, abandonaban con frecuencia sus demarcaciones y se ubicaban en otros lugares, a causa de la sequía de los ríos y la ausencia de lluvias.

Vistos esos detalles, la República Dominicana está obligada a seguir los pasos de las naciones que desalinizan aguas marinas. Sería un paso de avance y de valor incalculable, que esperamos no sea vapuleado por la genuflexa oposición política, un segmento poblacional que siempre se opone a todos proyectos engendrados desde el gobierno de turno, aunque beneficie al pueblo.

Independientemente de las parcelas políticas e ideológicas que cultivemos, hay que apoyar esa iniciativa porque va en beneficio de todos los dominicanos. ¿Qué impide que nosotros nos involucremos en ese propósito? Preciso es buscar, donde sea, los recursos financieros, que existen, para la instalación de esas plantas en todas las ciudades donde se registran más sequías.

Lograda esa meta, procedería desarrollar una permanente campaña mediática de orientación para que la población abandone la cultura del derroche de esa sustancia porque, como decía un fallecido expresidente de la República en un mensaje a través de una emisora de la capital: “Dominicanos, el agua es vida; si hoy la echamos demás (la botamos), mañana la echaremos de menos”.

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