Una sociedad descarrilada
Manuel Vólquez
Se ha transformado en una desagradable costumbre leer en los medios de comunicación nacionales reseñas de hechos de violencia, sobre todo las muertes de mujeres por parte de ex-maridos atrapados en soberbias escenas de celos, cuando sus parejas deciden romper por siempre las relaciones sentimentales. Si literalmente exprimimos las redes sociales, la prensa escrita y medios audiovisuales, el resultado será un torrente sanguíneo desagradable. Nos quitan tranquilidad y paz con noticias de rancio sabor, especialmente con despliegues de los recurrentes feminicidios.
La violencia es un peligroso torrente que transita por los genes de la humanidad. Ese fenómeno causa estupor con cada mujer asesinada o cuando observamos titulares inquietantes, como los siguientes: “Suegro mata a su yerno de una estocada”, “Mujer mata a su hermana de crianza”, “Hijo mata a su madre por negarle dinero para sus vicios”, “Hombre asesina a su padre por herencia”, “Madre asfixia a su hija de 6 años”, “Padrastro intentó matar a una niña de dos año”, “Una madre mató a sus tres niños envenenando su jugo de fruta”, “Padre mata a su hijo porque Dios se lo ordenó”. Agregamos a ese glosario las muertes accidentales de menores de edad dejados al cuidado de adolescentes.
Las estadísticas nos indican que en los primeros meses de 2026, República Dominicana registró entre 22 y 32 asesinatos de mujeres, según datos oficiales servidos por el Ministerio Público, el Ministerio de la Mujer y el Poder Judicial. Lo triste de ese recuento es que la mayoría de las víctimas tenían edades entre 18 y 35 años. Aunque el 2026 muestra una reducción respecto a años anteriores (se reportaron 53 feminicidios en el 2025, frente a 63 en igual fecha de 2024), la violencia machista sigue siendo una problemática grave, lo que induce a la necesidad urgente de reforzar la prevención de las damas, cuando sus vidas estén amenazadas.
Hay un detalle que resulta perturbador y que no debemos ignorar: varias de las damas asesinadas habían enfrentado situaciones de violencia previas y buscaron ayudas, pero no sobrevivieron a la feroz persecución de sus antiguas parejas. Hoy están bajo tierra dejando huérfanos a cientos de hijos.
Nuestra sociedad anda muy mal, está descarrilada y transitando por un avanzado estado de descomposición. La acción irracional nos convierte en homicidas, infanticidas o parricidas, actos atroces que a lo largo de la historia ha trastornado tanto a la sociedad como a la justicia. Se precisa de fortalecer programas de orientación familiar y mejorar los sistemas de respuesta para prevenir que la violencia continúe escalando en términos generales, impactando de dolor a la familia. Es un asunto que amerita una profunda reflexión y la urgente intervención de los diversos sectores sociales, políticos, religiosos y jurídicos.

