Miami, Estados Unidos.– Eugenio Suárez levantó la mirada hacia lo alto del loanDepot park y abrió los brazos como si quisiera abrazar el estruendo. El ruido lo envolvía todo. Era el sonido de una historia a punto de escribirse.
Y él la terminó de firmar.
Fue una noche de tensión pura. Cada out se celebraba como un triunfo y cada carrera desataba una explosión en las gradas, donde miles de fanáticos vestidos de amarillo, azul y rojo convirtieron el estadio en una extensión de Venezuela.
El equipo sudamericano había marcado el ritmo desde temprano. El zurdo Eduardo Rodríguez mantuvo bajo control a una de las ofensivas más temidas del torneo, mientras el poder llegó en el quinto episodio con un cuadrangular de Wilyer Abreu que encendió la ilusión.
Pero la final tenía reservado un giro dramático.
En la octava entrada, Bryce Harper sacudió el juego con un jonrón de dos carreras que empató el marcador y devolvió la vida a Estados Unidos. Por un momento, el título parecía tambalearse.
Entonces llegó el noveno.
Con el juego en empate y la presión en su punto más alto, Suárez conectó el batazo oportuno que rompió la igualdad y silenció a la fanaticada local. Venezuela volvía al frente, esta vez sin mirar atrás.
El último capítulo fue de resistencia. El bullpen venezolano respondió bajo presión y selló los tres outs finales que desataron la celebración dentro y fuera del terreno.
Los jugadores se abrazaban, algunos con lágrimas en los ojos. En las gradas, la fiesta era total. Y en Venezuela, un país entero celebraba el logro que durante años había sido una deuda pendiente.
No fue solo un triunfo. Fue una consagración.
Venezuela, finalmente, reina en el béisbol mundial.
