Cuentos Sociales

fiesta-de-cumpleaños-marcos-sanchez.jpg“Fiesta de Cumpleaños”

De Marcos Sánchez

De pequeño era una especie de práctica bastante normal asistir a los cumpleaños de varios amiguitos del barrio y a veces, fuera del área donde uno vivía.

El asunto cobraba ciertos matices ya que a parte de la excitación de ser parte de una fiesta, había el interés que generaba la compra de ropa nueva.

Algo que nunca entendí en ese entonces era el marcado interés que ponían nuestros padres en los zapatos.

Obviamente, la camisa, pantalones, medias y correa eran tomados en cuenta, pero el detalle en los zapatos era de rigor.

En el “Barrio Lela”, lugar de mis orígenes, los cumpleaños se celebraban con mucho colorido, abundancia de invitados y de igual forma recibía el festejado regalos, como también los invitados.

Las piñatas emulaban un nivel de preñez ya que la minaban de dulces, ni hablar de cocktails, jugos, refrescos de soda, panecillos, una gama de galletas y el gran protagonista del evento: el bizcocho…

-“Algo muy importante que tienes que saber Marcos”, me dice mi mamá al momento de mirarme fijamente a los ojos

-“El lugar donde vas a estar es bastante amplio y bajo ninguna razón te quiero ver cerca del bizcocho. Para jugar con tus amiguitos, hazlo en el patio u otro lugar”, sentencia

-“Si mami, está bien. ¿Mami la mamá de mi amiguito no va a regalar bizcocho?”, pregunto un tanto desconcertado

-“Je,je,je, no mi hijo querido. Lo que pasa es que hay otro bizcocho para todos los invitados del festejado”

Me quedé sin entender, pero mi ánimo siguió intacto. Comienza la actividad y usted se puede imaginar la sudada que uno da en esos menesteres, corriendo sin sentido, gritando, riendo a más no poder e improvisando todo tipo de juegos imaginables.

En un momento determinado, la madre del festejado llama a los invitados a tomarse la clásica foto grupal, que generalmente no era una sola ya que el fotógrafo nunca lograba su anhelada toma y entre tiros y tiros (consciente o no del beneficio) por fin salía la menos desastrosa.

Acto seguido volvemos a la actividad y esta vez el interior de la casa estaba incluído y al ver el bizcocho me llegaron las palabras de mi mamá y congelado como si fuera a control remoto, me devuelvo para el patio.

Me siento un rato a tomarme un refresco y mi madre me solicita que vuelva a jugar, pero estaba cansado.

En segundos, se sienta la progenitora del festejado y con una cara de tragedia le dice a mi mamá:

-“¡Yo no sé cómo es posible que los padres no puedan controlar a sus muchachos!. ¡Usted sabe lo que es eso vecina!, hubo uno ahí que corriendo en la sala tumbó el bizcocho. ¡No se puede!, no se puede!”, y se para abruptamente.

Miro a mi mamá y con una amplia sonrisa me dijo:

-“¿Entiendes ahora por qué no quería verte cerca del bizcocho?”

Cuando tuve a mi hija le transmití el mismo mensaje. De niño uno nunca lo entiende, pero de adulto es cuesta arriba escuchar a un vecino detractar la actitud de un hijo de uno. Y la crítica va directa a los padres porque de ellos depende qué seamos al crecer.