CULTURA VIVA

Por Lincoln López

LA RESTAURACION

Un 16 de agosto del año 1863 comenzó La Guerra de la Restauración.

Ese día se encontraron un grupo de catorce revolucionarios inspirados y decididos a restablecer la República Dominicana perdida por la Anexión a España. Algunos de ellos, como Santiago Rodríguez, José Cabrera y Benito Monción, venían desde tierras haitianas, en las cercanías de Ounaminthe (Juana Méndez), los demás encabezados por Gaspar Polanco y Antonio Pimentel, estaban en territorio dominicano (español). El grupo procedió entonces, a tomar el Cerro de Capotillo, Provincia de Dajabón, y al son de “una diana y con redobles de tambores, enarbolaron la Bandera Dominicana”, y es esa acción lo que la historia recoge como El Grito de Capotillo, que tenía como objetivo único “Restaurar a la República, y con ella su independencia y soberanía, luego del acto anexionista y traicionero protagonizado por el General Pedro Santana.

La Guerra de la Restauración duró dos años: de 1863 a 1865, y esta jornada histórica ha sido considerada por estudiosos de nuestra historia como “la más importante de cuantas ha librado la República Dominicana. ¿Por qué? Porque se desarrolló con una rapidez asombrosa. Y, “qué explicación puede haber para semejante rapidez en la acción?”, se pregunta Juan Bosch en su libro La Guerra de la Restauración. Y responde: “Una sola; que la Guerra de la Restauración tuvo desde el primer momento el apoyo resuelto de las grandes masas del pueblo dominicano, porque en ellas se reunieron una guerra de liberación nacional y una guerra social”.

Estas fechas lo confirman: El día 22 de agosto caían en manos de los restauradores las comunidades de Guayubín, Dajabón, Monte Cristi y Sabaneta. Seis días después, el 28, caían el Ayuntamiento y el Cuartel de Puerto Plata, La Vega, San Francisco de Macorís y Cotuí. El 30, cayó Moca. El 3 de septiembre entran a la ciudad de Santiago Gregorio Luperón y Gaspar Polanco con más de mil hombres, y el día 6 le dieron fuego a la capital del Cibao, un hecho considerado “único en la historia de las guerras de independencia latinoamericanas”.

En ella peleó valientemente el pueblo dominicano con lo poco que tenía. Algunos con machetes, otros con fusiles. Los que tenían montura (caballos u otros animales)  lo hicieron sin sillas. ‘Todos estaban descalzos y a pierna desnuda’.

Más dramática no puede ser la descripción de Pedro Francisco Bonó cuando consignó: “No había casi nadie vestido. Harapos eran sus vestidos. El tambor de la comandancia estaba con una camisa de mujer por toda vestimenta. El corneta estaba desnudo de la cintura para arriba”.

El coraje del pueblo dominicano superó con creces a la indecisión, la valentía a la cobardía, la decencia a la vileza, y el amor a la Patria superó al deshonor.

¡Honor y  Gloria!,  para todos los que nos representaron en ese momento histórico: Gregorio Luperón, Gaspar Polanco, Santiago Rodríguez, Benito Monción, José Cabrera, Pedro A. Pimentel…

Restaurar la unión dentro de la diversidad es esencial para elevar la Patria, la educación y el desarrollo.

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